Historia de las Telecomunicaciones
El telégrafo PDF Imprimir E-mail
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Sábado, 07 de Febrero de 2009 00:14

EL TELÉGRAFO ELÉCTRICO, 1833-1900.

Publicado en: Bahamonde Magro, A.; Martínez Lorente, G. y Otero Carvajal, L. E.: Las comunicaciones en la construcción del Estado contemporáneo en España: 1700-1936. Madrid. Ministerio de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente, 1993. ISBN: 84-7433-949-9.

 

En 1833, en la antigua ciudad hanseática de Gotinga, los científicos Wilhelm Weber y Carl Friedrich Gauss instalaron la primera línea telegráfica electromagnética, que unió el laboratorio de Física de la Universidad y el Observatorio Astronómico de dicha ciudad. Era la primera vez que se lograba una aplicación práctica a una nueva forma de energía: la electricidad. Durante largos años el telégrafo fue su única aplicación tecnológica: hasta 1869 no aparece la dynamo de Gramme, capaz de alimentar una fuente luminosa, y sólo entre 1876-1878 aparecieron el teléfono, la lampara eléctrica de Edison y el fonógrafo. En 1881 la Exposición Universal de París festejará la nueva era de la electricidad. Una nueva época nacía con el telégrafo eléctrico. Esta primera aplicación marca la separación entre el período anterior, que comenzó en el siglo XVIII, caracterizado por la construcción de prototipos telegráficos, y la nueva etapa de sistemas capaces en la práctica de transmitir mensajes a través de los hilos telegráficos.

En el siglo XVIII, el desarrollo de las investigaciones en el campo de la electricidad estática y el hallazgo de la botella de Leyden por Kleist y Musschenbroek en 1746, posibilitaron la fabricación de los primeros prototipos de telegrafía electrostática. El 17 de febrero de 1753, aparecía en la revista Scott Magazine un artículo fechado en Renfrew (Escocia) y firmado por Charles Marshall, en el que describía con minuciosidad el primer aparato telegráfico electrostático. El sistema lo componían tantos pares de hilos como letras del alfabeto que se utilizase, y cada uno de los extremos estaba conectado a un péndulo de médula de saúco que, al cargarse con la electricidad generada por una máquina electrostática situada en el otro extremo, atraía papelitos con las letras correspondientes. Habrá que esperar hasta 1774 para ver construido y funcionando el primer prototipo de telegrafía electrostática, fabricado en Ginebra por Lesage. Se trataba de un sistema similar al descrito anteriormente, pero sustituyendo en este caso el péndulo de saúco por "una disolución electrolítica, contenida en otros tantos vasos de vidrio o en una gran cubeta común de forma paralepipédica."

Relacionado con este último sistema y con Lesage surge en la última década del siglo XVIII la figura de un científico español Francisco Salvá y Campillo. Nacido en 1751, este médico barcelonés, formado en el ambiente de resurgimiento cultural y científico que había hecho posible la Ilustración, se va a dedicar desde muy joven al estudio de su segunda vocación: la electricidad. Realizó frecuentes viajes al extranjero donde entró en contacto con científicos dedicados a investigar los fenómenos eléctricos, entre ellos Reisser y Lesage. Fruto de estos estudios son las dos memorias que leería al finalizar la década de 1780 ante la Academia de Ciencias de Barcelona. Posteriormente sus investigaciones se centraron en lograr un sistema práctico de telegrafía eléctrica. Los primeros resultados los dio a conocer ante el citado foro barcelonés el 16 de diciembre de 1795, en su Memoria sobre la electricidad aplicada a la telegrafía. El sistema descrito se parecía bastante al de Lesage, con la particularidad de que los numerosos conductores del sistema suizo eran simplificados al sustituirlos por dos cables. Además el sistema de recepción representaba otra novedad.

Estos experimentos llamaron la atención de Godoy que invitó a Salvá a efectuar una demostración de su invento en Aranjuez ante la familia real. La noticia de esta demostración la recogía la Gaceta de Madrid el 29 de noviembre de 1796. Establecido en la Corte a instancias del infante D. Antonio, siguió Salvá trabajando en el perfeccionamiento de sus sistemas. El fruto de estos trabajos los recogió en una nueva Memoria sobre el galvanismo y su aplicación a la telegrafía, en la que describía un aparato que utilizaba músculos de ranas como receptores de las descargas, siguiendo así los experimentos de Galvani.

Sería una Memoria de igual título y leída ante la citada Academia barcelonesa en 1804, la que le haría entrar en la Historia de la Telegrafía. En esta ocasión Salvá aportó dos novedades respecto a los sistemas anteriores: la utilización de la electricidad dinámica a través de una pila voltaica y el uso de receptores de origen electroquímico. En dicha Memoria narra Salvá las dificultades prácticas para la construcción de la pila, ante lo que propone la futura construcción de diversas columnas formando baterías. Todavía fue más original en concebir el sistema receptor, basándose para ello en la descomposición del agua por electrólisis, según el método descubierto en 1800 por William Carlisle y Anthony Nicholson. Las burbujas de hidrógeno provenientes del electrodo negativo, al descomponerse el agua por el paso de la corriente, eran recogidas en tubos de cristal, previamente lacrados, colocados en el extremo de cada par de alambres, indicando así las diversas letras transmitidas. La originalidad de este método y planteamientos teóricos como el tendido aéreo, subterráneo y submarino de los cables, así como su aislamiento y protección, o la comunicación inalámbrica, que ayudándose de la conductibilidad del agua ejemplificó entre Mallorca y Alicante, hicieron que Salvá fuera considerado como uno de los padres de la telegrafía por varios de los más prestigiosos historiadores de la misma. Así, Fahié tanto en su primera obra History of Electric Telegraphy to 1837 como en su A History of Wireless Telegraphy destacaba la obra del médico barcelonés.

Basándose en el método de Salvá el alemán Thomas Samuel von Soemmerring presentó ante la Academia de Ciencias de Munich un nuevo y perfeccionado telégrafo electroquímico. Paul von Schilling-Cannstadt, basándose en las experiencias del profesor Oersted, que en la Universidad de Copenhague había estudiado las desviaciones producidas en una aguja imantada ante el paso de una corriente eléctrica, construirá en 1832 el primer telégrafo electromagnético, aunque fueron Gauss y Weber los que crearon el primer aparato con posibilidades de aplicación práctica. Estas innovaciones llevarán a los británicos, William Fothergill Cooke y Charles Wheatstone, a construir un telégrafo de cinco agujas semejante al de Schilling. Tras varias demostraciones ante los directores de las nuevas compañías de ferrocarriles, una de ellas la Great Western Railway les encargó la instalación de un telégrafo entre la estación de Paddington de Londres y West Drayton que comenzó a funcionar el 9 de julio de 1839. Fue la primera línea telegráfica en acción prolongada hasta Slough en 1843, año en el que se abrió al servicio público. Un segundo modelo de sólo dos agujas del telégrafo de Wheatstone y Cooke, patentado en 1845, fue el primer tipo de telégrafo utilizado en España. También se utilizó en nuestro país, aunque solamente en los ferrocarriles, el sistema ideado por Antoine Breguet. Este inventor francés, nieto del colaborador de Betancourt, había ideado, con la ayuda de Foy, un telégrafo electromagnético de dos agujas que imitaba los movimientos y el código del telégrafo óptico de Chappe. En 1845 perfeccionará Breguet su sistema, cuyo receptor y transmisor constaba de un círculo en el que estaban grabadas las letras y cifras, el primero con una aguja en su centro mientras el segundo se accionaba con una manivela y un índice para señalar el signo deseado.

 

En pocos años se había superado la era de los telégrafos de gabinete. Se habían perfeccionado los sistemas ópticos y se podía utilizar la transmisión alfabética en lugar de la codificada. El gran inconveniente estribaba en la lentitud de la transmisión y el elevado número de hilos utilizados por estos sistemas. La aparición de un nuevo método simplificó considerablemente la transmisión y la recepción: el sistema morse. Inventado por un joven norteamericano, diletante en el campo de la telegrafía, llamado Samuel F.B. Morse, se extendió rápidamente a escala universal. Morse cuya principal ocupación era la de retratista, campo en el que consiguió cierta notoriedad en Nueva York, había viajado a Europa en dos ocasiones, 1811-1815 y 1829-1832. No es arriesgado aventurar que en sus periplos europeos conociera las últimas innovaciones en el campo de la telegrafía, incluidas las realizadas desde 1828 por su compatriota Josep Henry. Con estas bases Morse ideó un sistema que comenzaba por la reducción de los conductores a un sólo hilo o alambre con vuelta por tierra. Consiguió la patente de invención para su aparato transmisor y receptor en 1837.

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El método de Morse suponía una vuelta a la codificación, esta vez en forma de rayas y puntos o de sonidos cortos y largos, según el receptor. El 1 de enero de 1845, tras haber recibido una subvención del Senado norteamericano, inauguró la primera línea de su telégrafo eléctrico entre el Capitolio de Washington y la ciudad de Baltimore. El gran éxito de este sistema, debido a su simplicidad, velocidad y economía hizo que en pocos años todos los países con servicio telegráfico lo adoptaran total o parcialmente. Se mantendría durante toda la segunda mitad del siglo XIX junto a otros tres sistemas surgidos en la década de los cincuenta: el sistema impresor Hughes, el sistema automático de Wheatstone y el sistema multiplexor de Baudot. El primero de ellos lo patentó en 1855 el norteamericano David E. Hughes. Consistía en un telégrafo de tipos o teleimpresor, que dotado de un teclado similar al de un piano podía transmitir e imprimir hasta 60 palabras por minuto, frente a las 25 palabras por minuto del sistema Morse. El británico Wheatstone patentó su sistema en 1857, que utilizaba el código Morse y constaba de tres aparatos: el perforador de aire comprimido, con teclado; el transmisor y el receptor, con lo que se conseguía una operatividad de hasta 70 palabras por minuto. Por último, el telegrafista francés Emile Baudot inventaría su telégrafo en 1875. Se basaba en un código de cinco unidades de igual longitud que se correspondían con las cinco teclas del manipulador; en el receptor los impulsos enviados actuaban sobre cinco discos o magnetos que permitían la transmisión múltiple de hasta seis mensajes a la vez por el mismo hilo.

 

 

Última actualización el Sábado, 07 de Febrero de 2009 00:19
 


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